Mei Lan murió bajo una luna roja, con una flecha atravesándole el pecho y el nombre de su amado atorado en la garganta. El príncipe Zhao Ming llegó demasiado tarde. O quizá nunca intentó llegar.
La última imagen que vio fue a su hermana menor usando el brazalete que él le había regalado.
—Perdóname —susurró la joven—. Algunas mujeres nacen para ser sacrificadas.
Mei Lan cerró los ojos con odio.
Pero cuando volvió a abrirlos, estaba en su habitación de soltera. Su cabello caía largo sobre los hombros, su piel no tenía heridas y en la mesa había una invitación al banquete donde, en su vida anterior, conoció al príncipe.
Tembló al mirar el espejo.
Había regresado diez años.
Esta vez no lloraría por amor. No confiaría en sonrisas. No entregaría su destino a un hombre de ojos tristes.
Esa noche quemó la invitación.
Pero al otro lado del palacio, Zhao Ming despertó gritando su nombre.