Portada de Amor Renacido Bajo la Luna, drama chino de Reencarnación para leer online en DramasChinos.com

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Mei Lan murió bajo una luna roja, con una flecha atravesándole el pecho y el nombre de su amado atorado en la garganta. El príncipe Zhao Ming llegó demasiado tarde. O quizá nunca intentó llegar.

La última imagen que vio fue a su hermana menor usando el brazalete que él le había regalado.

—Perdóname —susurró la joven—. Algunas mujeres nacen para ser sacrificadas.

Mei Lan cerró los ojos con odio.

Pero cuando volvió a abrirlos, estaba en su habitación de soltera. Su cabello caía largo sobre los hombros, su piel no tenía heridas y en la mesa había una invitación al banquete donde, en su vida anterior, conoció al príncipe.

Tembló al mirar el espejo.

Había regresado diez años.

Esta vez no lloraría por amor. No confiaría en sonrisas. No entregaría su destino a un hombre de ojos tristes.

Esa noche quemó la invitación.

Pero al otro lado del palacio, Zhao Ming despertó gritando su nombre.

Zhao Ming no entendía por qué recordaba una vida que aún no había ocurrido. Veía sangre en sus manos, una luna roja y a Mei Lan muriendo frente a él.

Cuando sus guardias entraron, lo encontraron de pie, pálido, buscando un brazalete que todavía no existía.

—Encuentren a la señorita Mei —ordenó.

Mientras tanto, Mei Lan preparó su primera jugada. En lugar de asistir al banquete imperial, visitó en secreto la casa de un viejo comerciante acusado falsamente en su vida anterior. Sabía que ese hombre sería clave para destruir a su familia.

Lo salvó antes de que cayera la acusación.

—¿Por qué me ayuda, señorita? —preguntó él.

Mei Lan miró hacia el palacio.

—Porque esta vez necesito aliados, no promesas.

Al volver a casa, encontró un carruaje negro frente a la puerta. Un guardia imperial esperaba con una orden.

El príncipe Zhao Ming solicitaba verla.

Mei Lan apretó los dedos.

El hombre que la había perdido también había vuelto.

El jardín imperial estaba cubierto de flores blancas cuando Mei Lan llegó. Zhao Ming la esperaba junto al estanque. Parecía igual que en sus recuerdos: bello, frío y rodeado de secretos.

—Mei Lan —dijo él.

Ella sintió rabia al escuchar su nombre en esa voz.

—Su Alteza.

Él dio un paso hacia ella.

—Tuviste un sueño anoche?

Mei Lan no cambió el rostro.

—Sueño muchas cosas. La mayoría las olvido.

Zhao Ming la miró con dolor.

—Yo no pude olvidarte.

El silencio entre ambos pesó como una vida entera.

Mei Lan sonrió con cortesía.

—Entonces recuerde esto también: no volveré a amarlo.

Se inclinó y se marchó sin esperar permiso.

Zhao Ming no la detuvo. Sabía que no tenía derecho.

Pero cuando ella salió del jardín, un eunuco dejó caer una nota en su manga.

“Tu hermana ya se reunió con el general.”

Mei Lan abrió la nota y sonrió.

La traición había empezado antes de lo que recordaba.

Su hermana, Mei Rou, siempre había sido dulce ante los demás. Voz suave, ojos húmedos, manos pequeñas escondidas en mangas de seda. En su primera vida, Mei Lan tardó años en entender que aquella dulzura era una máscara.

Esta vez no esperó.

Esa tarde entró en la habitación de Mei Rou sin avisar y encontró sobre la mesa una carta sellada con cera militar.

—Qué descuidada eres —dijo Mei Lan.

Mei Rou palideció.

—Hermana, no es lo que crees.

Mei Lan tomó la carta.

—Todavía no creo nada. Estoy leyendo.

La bofetada llegó rápido. Mei Rou la golpeó con rabia, olvidando fingir fragilidad.

Mei Lan sonrió mientras tocaba su mejilla.

—Ahí estás.

Esa noche, en la cena familiar, Mei Rou lloró diciendo que Mei Lan la había atacado. Todos la miraron con desprecio.

Pero Mei Lan colocó la carta en la mesa.

El padre de ambas abrió el sello.

Y por primera vez, Mei Rou no tuvo lágrimas suficientes para salvarse.

La carta no decía todo, pero decía lo suficiente. Mei Rou había prometido información familiar al general enemigo a cambio de una entrada al palacio.

El escándalo fue silenciado para proteger el apellido Mei, pero Mei Lan obtuvo lo que quería: su hermana perdió libertad y vigilancia.

Esa noche subió al techo de su pabellón. La luna estaba clara, no roja.

—Sabía que vendrías —dijo sin mirar atrás.

Zhao Ming apareció desde la sombra.

—Entonces también sabes que vengo a ayudarte.

Mei Lan soltó una risa suave.

—No necesito que me salves.

—Lo sé —respondió él—. Por eso vine a ofrecerte mi espada, no mi protección.

Aquello la hizo callar.

Zhao Ming dejó una ficha imperial junto a ella.

—Cuando quieras destruir a quienes nos mataron, úsala.

Mei Lan miró la ficha. Luego miró al príncipe.

Esta vez no confiaría en el amor.

Pero quizá podía usar una alianza.