Portada de El Príncipe Frío y Yo, drama chino de Palacio para leer online en DramasChinos.com

Capítulos

Lee la historia completa sin salir de DramasChinos.com.

Su nombre era Yun Qiao y llegó al palacio con tinta en los dedos y una mentira en la boca. Dijo que buscaba trabajo como escribana. En realidad buscaba a su hermano desaparecido.

El palacio la recibió con pasillos interminables, reglas imposibles y ojos que juzgaban cada paso. Nadie quería a una muchacha de provincia revisando documentos reales.

Excepto el príncipe Liang.

Él era conocido como el príncipe frío. No sonreía, no perdonaba errores y jamás repetía una orden.

—Tu letra es fea —dijo al verla copiar un decreto.

Yun Qiao apretó el pincel.

—Su Alteza puede mirar el contenido o insultar la forma. Una cosa sirve al reino, la otra solo a su orgullo.

Los eunucos dejaron de respirar.

El príncipe la observó largo rato.

—Te quedarás.

Esa noche, Yun Qiao encontró el primer registro de su hermano: había entrado al palacio como guardia y desaparecido después de una misión secreta.

La firma de autorización pertenecía al príncipe Liang.

Yun Qiao esperó tres días antes de entrar al archivo del ala norte. Había aprendido rápido: en el palacio no sobrevivía quien hacía preguntas, sino quien encontraba respuestas sin ser visto.

El expediente de su hermano estaba sellado con tinta roja.

“Traición.”

La palabra le robó el aire.

Su hermano jamás traicionaría a nadie. Era torpe para mentir, incapaz de robar una fruta sin confesarlo después.

—Ese archivo puede costarte la cabeza.

La voz del príncipe Liang apareció detrás de ella.

Yun Qiao no soltó el papel.

—Entonces dígame por qué mi hermano fue acusado.

—Porque vio algo que no debía.

—¿Y usted lo mató?

Por primera vez, el príncipe frío mostró una grieta. Su mirada se endureció, pero no por enojo. Por dolor.

—Si yo lo hubiera matado, no estaría buscando su cuerpo desde hace dos años.

Yun Qiao sintió que el mundo cambiaba de lugar.

Su enemigo también buscaba la verdad.

El príncipe Liang llevó a Yun Qiao a un patio abandonado detrás del salón de música. Allí, bajo una piedra suelta, escondía copias de documentos prohibidos.

—Tu hermano siguió una pista sobre el Loto Negro —dijo.

Yun Qiao conocía ese nombre. Era una organización de asesinos mencionada en rumores de taberna, siempre como cuento para asustar niños.

—No existen.

Liang la miró.

—Ojalá.

Le mostró una tela con el símbolo de un loto bordado en hilo oscuro. Yun Qiao recordó haber visto una marca igual en la caja que su hermano dejó en casa antes de desaparecer.

Esa noche escribió a su madre pidiendo que buscara la caja.

Pero la respuesta llegó antes de lo esperado.

La casa familiar había sido incendiada.

Yun Qiao leyó el mensaje sin llorar. Luego tomó el pincel y escribió una sola frase para el príncipe:

“Ya no busco solo a mi hermano. Ahora busco venganza.”

El Loto Negro se movía dentro del palacio. Eso lo entendieron durante el banquete de primavera, cuando un ministro cayó muerto después de beber vino.

Todos gritaron. Todos corrieron. Todos fingieron sorpresa.

Yun Qiao vio algo más: una criada retirando una copa antes de que los médicos llegaran.

Sin pedir permiso, la siguió por el corredor. La criada dobló hacia el jardín y sacó una daga de la manga.

—Las escribanas no deberían correr tanto —dijo.

Yun Qiao retrocedió, pero chocó contra alguien.

El príncipe Liang.

La pelea duró segundos. Él desarmó a la asesina con una precisión aterradora. Yun Qiao recogió la copa escondida y vio una marca tallada en la base.

El loto negro.

La asesina sonrió incluso con la daga en el cuello.

—Llegan tarde. El verdadero veneno ya fue servido.

Yun Qiao miró hacia el salón.

La copa del emperador estaba vacía.

El emperador sobrevivió porque Yun Qiao reconoció el olor del veneno. Su abuela lo usaba para matar ratas en invierno. El antídoto fue preparado a tiempo, pero el palacio entró en caos.

El príncipe Liang fue acusado de organizar el atentado.

—Es conveniente —dijo Yun Qiao—. Justo el hombre que investigaba al Loto Negro termina culpado.

Liang sonrió apenas.

—Empiezas a pensar como criminal.

—No. Empiezo a pensar como ellos.

Esa noche, antes de entregarse para evitar una guerra interna, Liang le dio a Yun Qiao su sello personal.

—Si no regreso, úsalo para salir del palacio.

Ella cerró los dedos alrededor del sello.

—No vine hasta aquí para huir.

El príncipe la miró con una ternura que no supo esconder.

—Entonces prométeme algo.

—Qué.

—Cuando encuentres a tu hermano, no te pierdas a ti misma.

Yun Qiao no respondió.

Porque ya era tarde para promesas fáciles.