Lin Xia firmó el contrato con las manos frías, aunque su rostro no mostró miedo. Frente a ella, Chen Yuhan, el hombre más poderoso de la ciudad, le explicó las reglas sin levantar demasiado la voz.
—Serás mi esposa legal, pero no esperes amor.
Ella sostuvo la pluma un segundo más. Sabía que aceptar ese matrimonio significaba entrar en una casa donde nadie la quería. Pero también sabía que rechazarlo significaba ver a su madre perder el tratamiento que la mantenía con vida.
—No vine buscando amor —respondió.
Chen Yuhan levantó por fin la mirada. Esperaba lágrimas, ruegos o ambición. No esperaba aquella calma.
Esa noche, Lin Xia llegó a la mansión Chen con una pequeña maleta y un vestido blanco comprado a crédito. Nadie la recibió. Las sirvientas murmuraron a sus espaldas. En el comedor, solo había un puesto servido: el de él.
Lin Xia no preguntó nada. Se sentó en silencio junto a la ventana y miró la lluvia.
En el segundo piso, Chen Yuhan la observaba desde la sombra. Por alguna razón, la mujer que acababa de comprar con un contrato no parecía vencida.
Y eso le molestó más de lo que quiso admitir.