Portada de La Esposa del CEO Inmortal, drama chino de CEO para leer online en DramasChinos.com

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Lin Xia firmó el contrato con las manos frías, aunque su rostro no mostró miedo. Frente a ella, Chen Yuhan, el hombre más poderoso de la ciudad, le explicó las reglas sin levantar demasiado la voz.

—Serás mi esposa legal, pero no esperes amor.

Ella sostuvo la pluma un segundo más. Sabía que aceptar ese matrimonio significaba entrar en una casa donde nadie la quería. Pero también sabía que rechazarlo significaba ver a su madre perder el tratamiento que la mantenía con vida.

—No vine buscando amor —respondió.

Chen Yuhan levantó por fin la mirada. Esperaba lágrimas, ruegos o ambición. No esperaba aquella calma.

Esa noche, Lin Xia llegó a la mansión Chen con una pequeña maleta y un vestido blanco comprado a crédito. Nadie la recibió. Las sirvientas murmuraron a sus espaldas. En el comedor, solo había un puesto servido: el de él.

Lin Xia no preguntó nada. Se sentó en silencio junto a la ventana y miró la lluvia.

En el segundo piso, Chen Yuhan la observaba desde la sombra. Por alguna razón, la mujer que acababa de comprar con un contrato no parecía vencida.

Y eso le molestó más de lo que quiso admitir.

Durante las primeras semanas, Lin Xia vivió como un fantasma dentro de la mansión. Nadie le preguntaba qué quería comer, nadie tocaba la puerta antes de entrar, nadie la llamaba señora Chen.

Para todos era una intrusa.

Una mañana, la madre de Chen Yuhan organizó un desayuno familiar y ordenó que Lin Xia comiera en la cocina. Las sirvientas esperaron que ella obedeciera. En cambio, Lin Xia tomó su taza de té y caminó directo al comedor principal.

—Este lugar es solo para la familia —dijo la señora Chen.

Lin Xia sonrió.

—Entonces estoy en el lugar correcto.

El silencio cayó sobre la mesa.

Chen Yuhan bajó en ese momento, vestido de traje oscuro. Vio a su esposa sentada frente a todos, tranquila, como si no acabara de desafiar a la mujer más temida de la casa.

—¿Quién te dio permiso? —preguntó su madre.

Lin Xia dejó la taza sobre el plato.

—El certificado de matrimonio.

Por primera vez, Chen Yuhan no intervino. Solo la miró.

Esa mujer no estaba pidiendo un lugar. Lo estaba tomando.

Lin Xia encontró el primer error una tarde en la biblioteca. No buscaba problemas. Buscaba una novela vieja para matar el tiempo. Pero en el escritorio olvidado de Chen Yuhan había un folder abierto con estados financieros.

Una firma se repetía en contratos de proveedores falsos. La misma firma aparecía en documentos médicos de la madre de Chen Yuhan.

Al inicio pensó que era coincidencia. Luego encontró transferencias hechas desde una cuenta vinculada al tío de Yuhan.

Esa noche esperó despierta hasta que él volvió.

—Tu empresa está perdiendo dinero desde dentro —dijo ella.

Chen Yuhan soltó una risa seca.

—¿Ahora también eres experta en finanzas?

Lin Xia puso los papeles sobre la mesa.

—No. Pero sé leer cuando alguien está robando.

Él iba a responder con desprecio, pero vio la firma.

Su rostro cambió.

—¿Dónde encontraste esto?

—En tu casa. El lugar donde todos creen que soy invisible.

Chen Yuhan guardó silencio. Por primera vez desde la boda, entendió que su esposa no era un adorno.

Era una amenaza para sus enemigos.

La familia Chen organizó una cena con inversionistas extranjeros. Lin Xia no fue invitada. La señora Chen incluso le envió un vestido sencillo para humillarla.

—Ponte esto y no bajes —ordenó una sirvienta.

Lin Xia miró el vestido y sonrió.

Una hora después, apareció en el salón usando ese mismo vestido, pero con el cabello recogido, los labios rojos y una seguridad que hizo que todos se giraran.

Chen Yuhan la vio desde el otro extremo del salón.

—Te dije que no bajaras —murmuró cuando se acercó.

—Y yo nunca dije que obedecería.

Antes de que él respondiera, uno de los inversionistas comenzó a hablar en francés. Nadie en la mesa entendió la pregunta. El ambiente se volvió incómodo.

Lin Xia contestó con naturalidad.

El salón quedó en silencio.

El inversionista sonrió, encantado. Chen Yuhan la miró como si la viera por primera vez.

Más tarde, cuando la cena terminó, él la alcanzó en el pasillo.

—¿Qué más sabes hacer?

Lin Xia se detuvo.

—Muchas cosas. Pero tú nunca preguntaste.

La señora Chen no perdonó la humillación de la cena. Al día siguiente acusó a Lin Xia de haber robado un broche familiar. Las sirvientas revisaron su habitación frente a todos, tirando su ropa al suelo.

Lin Xia no gritó. No lloró. Solo miró a cada persona presente.

—Cuando encuentren la verdad, quiero una disculpa pública.

Todos se rieron.

Entonces Chen Yuhan entró.

—Suficiente.

Su voz fue baja, pero nadie se movió.

La señora Chen frunció el ceño.

—Defiendes a esta mujer por encima de tu madre?

Chen Yuhan tomó el broche de la mesa lateral, donde él mismo lo había visto esa mañana.

—No la defiendo por ser mi esposa. La defiendo porque ustedes mintieron.

Lin Xia lo miró sorprendida.

Por primera vez, él se puso delante de ella.

Esa noche, Chen Yuhan dejó una taza de té frente a su puerta.

No dijo nada. No tocó. Solo la dejó allí.

Lin Xia miró la taza humeante y entendió algo peligroso: quizá el hielo también podía empezar a romperse.