Portada de La Reina Renacida, drama chino de Palacio para leer online en DramasChinos.com

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La emperatriz Shen Yue murió arrodillada frente al trono que ayudó a construir. La acusaron de traición, quemaron sus cartas y entregaron su corona a la concubina que ella misma había protegido.

El emperador no la defendió.

—Por qué? —preguntó ella con la última fuerza que le quedaba.

Él apartó la mirada.

Cuando la espada cayó, Shen Yue juró que si el cielo le daba otra vida, jamás volvería a amar a un hombre más que a sí misma.

Despertó diez años antes, vestida de rojo, el día de su boda imperial.

La música sonaba afuera. Las doncellas celebraban. Su padre lloraba de orgullo.

Shen Yue miró el espejo y tocó su cuello intacto.

Luego sonrió.

Esa vez no caminaría hacia una jaula dorada.

Cuando el carruaje imperial llegó, todos esperaron que bajara obediente.

Pero Shen Yue quemó el velo nupcial frente a la puerta.

—Díganle al emperador —ordenó— que esta novia cambió de opinión.

Rechazar una boda imperial era casi igual a pedir la muerte. Su familia tembló, los ministros gritaron y el palacio envió guardias antes del anochecer.

Shen Yue los recibió tomando té.

—Su Majestad exige una explicación —dijo el eunuco principal.

—Entonces que venga a escucharla.

Nadie se atrevía a repetir esas palabras.

Pero el emperador Li Jun llegó.

Era joven, hermoso y todavía no tenía la mirada cansada del hombre que la dejaría morir en otra vida.

—Me humillas frente al reino —dijo él.

Shen Yue lo miró sin amor.

—No. Me salvo frente al cielo.

Li Jun frunció el ceño.

—Hace una semana aceptaste casarte conmigo.

—Hace una semana era otra mujer.

Él se acercó.

—Y quién eres ahora?

Shen Yue dejó la taza.

—La mujer que nunca debiste convertir en enemiga.

El emperador no supo si castigarla o admirarla.

Ese fue su primer error.

En su vida anterior, la concubina Bai Lian llegó al palacio como una flor inocente. Shen Yue la protegió de intrigas, le dio vestidos, médicos y confianza.

A cambio recibió veneno.

Esta vez, Shen Yue la visitó antes de que el emperador la conociera.

Bai Lian vivía en una casa pequeña, fingiendo pobreza con muebles demasiado limpios y manos demasiado suaves para una campesina.

—He oído que cantas bien —dijo Shen Yue.

Bai Lian bajó los ojos.

—Solo canciones tristes, señorita.

Shen Yue sonrió.

—Perfecto. Las necesitarás.

Dejó sobre la mesa una bolsa de oro y una carta.

—Mañana vendrán a buscarte hombres del palacio. Si aceptas, morirás joven. Si huyes, vivirás pobre. Elige.

Bai Lian palideció.

—Por qué me advierte?

Shen Yue se inclinó.

—Porque prefiero enemigas vivas lejos de mí que serpientes dormidas en mi cama.

Al salir, ya tenía el primer hilo de la red en sus manos.

Para sobrevivir fuera del palacio, Shen Yue necesitaba ejército. Y solo había un hombre capaz de desafiar al emperador sin arrodillarse: el general Mu.

En su primera vida, él fue ejecutado por negarse a firmar una acusación falsa contra ella.

Esta vez, Shen Yue llegó a su campamento con una propuesta.

—Quiero financiar su ejército.

El general Mu soltó una carcajada.

—Las señoritas nobles no comprenden la guerra.

Shen Yue colocó sobre la mesa un mapa con rutas de suministro, nombres de espías y fechas de ataques futuros.

La risa murió.

—Quién eres? —preguntó él.

—Alguien que ya vio morir a hombres leales por culpa de un palacio podrido.

Mu la estudió en silencio.

—Qué quieres a cambio?

Shen Yue miró hacia la capital.

—Cuando llegue el día, no me pida que perdone.

El general sonrió apenas.

—Entonces quizá sí entiende la guerra.

Así nació la alianza que cambiaría el imperio.

Los rumores crecieron rápido. Decían que Shen Yue estaba loca, que practicaba brujería, que había hechizado al general del norte. El palacio esperaba verla caer.

Pero cada rumor la hizo más fuerte.

Las familias nobles comenzaron a visitarla en secreto. Los comerciantes le ofrecieron crédito. Los soldados pronunciaban su nombre con respeto.

No tenía corona, pero todos empezaban a tratarla como reina.

Una noche, el emperador Li Jun llegó sin escolta.

—Pude ordenar tu muerte —dijo.

Shen Yue no se levantó.

—Pero no lo hiciste.

—Por qué no me temes?

Ella lo miró con cansancio antiguo.

—Porque ya te amé, ya morí por ti y ya aprendí que eres más débil de lo que pareces.

Li Jun retrocedió, confundido por el dolor en su voz.

—Qué quieres de mí?

Shen Yue apagó una vela.

—Nada. Ese es tu castigo.

Cuando él se fue, el general Mu apareció desde la sombra.

—El emperador sigue queriéndola.

Shen Yue respondió sin mirar atrás:

—Entonces que aprenda a perder.