La emperatriz Shen Yue murió arrodillada frente al trono que ayudó a construir. La acusaron de traición, quemaron sus cartas y entregaron su corona a la concubina que ella misma había protegido.
El emperador no la defendió.
—Por qué? —preguntó ella con la última fuerza que le quedaba.
Él apartó la mirada.
Cuando la espada cayó, Shen Yue juró que si el cielo le daba otra vida, jamás volvería a amar a un hombre más que a sí misma.
Despertó diez años antes, vestida de rojo, el día de su boda imperial.
La música sonaba afuera. Las doncellas celebraban. Su padre lloraba de orgullo.
Shen Yue miró el espejo y tocó su cuello intacto.
Luego sonrió.
Esa vez no caminaría hacia una jaula dorada.
Cuando el carruaje imperial llegó, todos esperaron que bajara obediente.
Pero Shen Yue quemó el velo nupcial frente a la puerta.
—Díganle al emperador —ordenó— que esta novia cambió de opinión.