Portada de Mi Dulce Venganza, drama chino de Venganza para leer online en DramasChinos.com

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La noche que echaron a Su An de la familia Lin, llovía tanto que nadie escuchó cómo se rompió su voz.

—No vuelvas —dijo su esposo, sin mirarla.

A su lado, la amante embarazada fingía lágrimas. La suegra gritaba sobre honor, vergüenza y sangre impura. Su An solo llevaba una maleta pequeña y un sobre médico escondido en el abrigo.

También estaba embarazada.

Pero nadie le preguntó.

Cinco años después, la familia Lin necesitaba una inversionista para salvar su empresa. Prepararon flores, cámaras y sonrisas. Esperaban a una mujer extranjera, fría y millonaria.

Cuando las puertas se abrieron, Su An entró vestida de blanco.

La suegra dejó caer la copa.

Su exesposo palideció.

—Tú…

Su An sonrió con calma.

—Buenas tardes. Vengo a decidir si vale la pena salvarlos.

Nadie supo qué responder.

Y detrás de ella, un niño de ojos idénticos a los del heredero Lin miraba todo en silencio.

El pequeño Rui no debía estar allí. Su An lo había dejado con su asistente, pero el niño escapó del auto porque quería ver “a los malos del cuento”.

—Mamá, ¿ese señor es el que te hizo llorar?

La sala entera quedó congelada.

Lin Hao miró al niño. Los ojos, la forma de la boca, incluso el gesto serio. Todo era demasiado familiar.

—¿Quién es él? —preguntó.

Su An tomó la mano de su hijo.

—Mi razón para no destruirte todavía.

La amante de Lin Hao se levantó furiosa.

—Está mintiendo. Ese niño puede ser de cualquiera.

Rui la miró con inocencia.

—Mi mamá no miente. Dice que mentir arruga el corazón.

Algunos ejecutivos bajaron la mirada para ocultar una sonrisa.

Su An dejó un documento sobre la mesa: condiciones imposibles para la inversión.

—Tienen cuarenta y ocho horas.

Cuando salió, Lin Hao la siguió hasta el ascensor.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Su An no giró.

—Porque cuando llovía, cerraste la puerta.

Qin Yue había pasado cinco años ocupando el lugar de Su An. Usaba sus joyas, dormía en su habitación y se presentaba como futura señora Lin aunque Lin Hao nunca firmó el divorcio correctamente.

Ahora todo eso podía desaparecer.

Esa tarde buscó a Su An en el hotel.

—¿Cuánto quieres para irte?

Su An ni siquiera levantó la vista de su tablet.

—Qué curioso. Hace cinco años me echaron sin darme nada. Ahora quieren pagarme para desaparecer.

Qin Yue apretó los dientes.

—Lin Hao ya no te ama.

Su An cerró la tablet.

—Ese es tu problema. Crees que vine por amor.

Se levantó y caminó hacia ella.

—Vine porque ustedes construyeron su felicidad sobre mi humillación. Y ahora la cuenta venció.

Qin Yue retrocedió.

Pero antes de irse, dejó caer una frase.

—Si tocas a mi hijo otra vez, no necesitaré abogados.

La amante perfecta entendió entonces que Su An no había vuelto rota.

Había vuelto afilada.

La familia Lin intentó bloquear la inversión de Su An usando viejos contactos. Decían que era inestable, resentida, incapaz de dirigir una negociación seria.

Entonces ella presentó las pruebas.

Facturas falsas. Desvíos de dinero. Contratos inflados por empresas vinculadas a Qin Yue. Fotografías de reuniones privadas. Audios.

Cada documento cayó sobre la mesa como una bofetada.

Lin Hao miraba sin poder hablar.

—Todo esto ocurrió mientras tú dirigías la empresa —dijo Su An—. O eres corrupto o eres inútil. Elige cuál explicación prefieres.

Los accionistas comenzaron a murmurar.

La suegra Lin intentó levantarse, pero un abogado la detuvo.

—Todavía falta una cosa —añadió Su An.

En la pantalla apareció una prueba de ADN.

Rui era hijo de Lin Hao.

Pero Su An no sonrió.

—No vine a pedir reconocimiento. Vine a dejar claro que mi hijo no necesita el apellido de una familia que abandona bajo la lluvia.

Y por primera vez, Lin Hao sintió vergüenza.

Esa noche, Lin Hao fue al hotel. No subió con flores ni joyas. Llegó empapado, como si el cielo quisiera repetir la escena que él provocó años atrás.

—Lo siento —dijo.

Su An lo escuchó desde la puerta.

—Llegas tarde.

—Déjame conocer a mi hijo.

—No.

La respuesta fue tan tranquila que dolió más.

Lin Hao bajó la mirada.

—Haré lo que pidas.

Su An pensó en la mujer que fue. La que habría corrido a abrazarlo por una disculpa. Esa mujer murió una noche de lluvia.

—Lo que pido es simple —dijo—. Firma la cesión de tus acciones, limpia el nombre de mi hijo y desaparece de nuestras vidas hasta que él quiera buscarte.

Lin Hao la miró destruido.

—¿Eso es venganza?

Su An sonrió.

—No. Es justicia.

Cerró la puerta.

Al otro lado, Rui la esperaba despierto.

—¿Ganamos, mamá?

Ella lo abrazó.

—Todavía no. Pero ya dejamos de perder.